Hay que dejar ir
A veces, la vida nos enfrenta a la necesidad de soltar lo que más queremos, aunque duela, aunque el miedo y la nostalgia se enreden en el pecho como raíces tercas. Hoy, me descubro en el difícil proceso de dejar ir aquello —o a quien— alguna vez fue mi refugio y mi alegría. No es fácil desprenderse, admitir que el ciclo ha llegado a su fin, sobre todo cuando lo compartido fue tan bueno, tan autentico, tan bonito.
Reconozco cuanto me ha costado soltar. Has sido piedra
angular en mi vida, fuente inagotable de amor y felicidad. Decirte adiós me
pesa, me duele en lo más profundo, porque nuestra historia estuvo llena de
ternura, de descubrimientos, de valentía compartida. Contigo aprendí a quererme
mejor y a vencer temores que antes me paralizaban; contigo fui capaz de abrir
alas y explorar la vida desde otro lugar.
Siempre intenté comprender tus silencios, acompañarte en tus
miedos, estar presente en tu tempestad. Y aunque a veces el amor parece bastar,
a veces tampoco es suficiente, y eso está bien. He aprendido que no todo recae
sobre mis hombros, que no fui responsable del desenlace, y que no puedo
castigarme buscando explicaciones o culpables. No tengo reproches, solo
gratitud por el cariño y la dulzura con la que me acompañaste. Pero tu tiempo
en mi vida ha llegado a su fin, y ahora toca abrir la puerta a lo desconocido,
a lo nuevo, a lo que aún está por escribir.
Hoy elijo despedirme de lo hermoso que fue: de tus abrazos,
de tus besos, de esas miradas que daban paz. No hay resentimiento, solo me
habría gustado que fueras más valiente en tus decisiones, menos temeroso ante
lo incierto. Yo te conocí fuerte, alegre, amable, y deseo que jamás pierdas
eso, que la vida te premie con lo que mereces. Camina firme, no permitas que
nadie decida por ti ni apague tu luz.
No guardo rencor; no sé hacerlo. Solo queda una tristeza
tranquila, una sensación de que todo pudo haber sido distinto, pero la vida se
compone de decisiones y esta fue la tuya. Yo solo puedo desearte lo mejor y
recordarte que te quise, que te quiero, pero que ahora debo dejarte ir. Soltar
es mi manera de sanarme y seguir adelante.
Sigo mi camino, aunque hoy no vea con claridad hacia dónde
me lleva. Sé que, más adelante, el sendero se abrirá de nuevo y comenzará otra
historia —no sé si mejor o peor, pero seguro será mía.
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