Aprender a estar sola

Nunca pensé que, al final, la soledad podría convertirse en la mejor compañía. Que ese silencio, que tanto miedo me daba, sería capaz de regalarme la paz que tanto necesitaba.

Aun así, hay días en los que la nostalgia aparece sin avisar. Me encuentro recordando a ciertas personas, ciertos momentos, como si mi mente quisiera volver a ellos una y otra vez. Supongo que también es una forma de protegernos: filtra, suaviza y, a veces, esconde aquello que en su momento nos hizo demasiado daño.

Pero sanar no es un camino recto.

Cada proceso es distinto, y el mío sigue en construcción. Hay días en los que siento que estoy en la cima de una montaña: respiro hondo, me siento fuerte, tranquila, convencida de que ya lo he superado. Y, sin embargo, otras veces vuelvo a descender. Regreso a ese lugar conocido del que tantas veces he intentado escapar.

Avanzar sigue costando.

Aunque sé que, poco a poco, mi vida se está recolocando, adaptándose, ofreciéndome espacios de calma, no siempre es fácil verlo así. Ahora, con otra perspectiva, entiendo que todavía queda mucho por hacer. Que esto no termina aquí. Que siempre habrá una pequeña parte de mí temerosa de que todo vuelva: un recuerdo, un silencio, un pensamiento que aparece sin permiso.

Y cuando vuelve, me hace cuestionarlo todo.

¿Por qué pasó lo que pasó?
¿Por qué fue tan fácil hacer daño?
¿Por qué a la otra persona le dio igual lo que yo sentía?

Son preguntas que ya no tienen respuesta.

Y quizá nunca la tuvieron.

Con el tiempo he aprendido —o estoy aprendiendo— que no todo necesita una explicación. A veces, las personas hacen lo que hacen simplemente porque son así. Sin más.

Y aceptar eso, aunque duela, también forma parte de la paz.

Comentarios

  1. Al final el refrán tiene razón: "Mejor sólo que mal acompañado". Un abrazo.

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